lunes, 15 de diciembre de 2025

¿Destino personal o injusticia?

 


Existe una violencia simbólica —que yo llamo negativa— en la manera en que se habla del éxito: una violencia que no necesita golpes ni gritos, porque se disfraza de optimismo en la consigna de que cualquiera puede triunfar si se lo propone. Pero esta idea ignora lo elemental: que no todos partimos del mismo cuerpo, de los mismos deseos ni de la misma sensibilidad, y que el sistema, al pretender que la voluntad lo explica todo, termina castigando a quienes no encajan en su molde.


El sistema económico contemporáneo funciona como una arena en la que se arroja a competir a criaturas heterogéneas —leones, cebras, aves, animales nocturnos y diurnos— bajo la consigna absurda de que todo depende únicamente de la astucia y la voluntad. Y, cuando no se triunfa, se nos dice que la culpa es nuestra: que no supimos adaptarnos.


Sin embargo, incluso antes de hablar de clases sociales, hay una desigualdad más profunda y menos reconocida: la biológica. No todos tenemos la misma tolerancia al estrés, al riesgo o a la repetición. No todos poseemos el mismo umbral para el sacrificio prolongado a cambio de dinero, ni reaccionamos de igual manera ante la competencia constante, ni soportamos con igual fortaleza la presión incesante de la escasez que el sistema impone como condición para sobrevivir.


Hay cuerpos diseñados —literalmente— para la confrontación, la acumulación, la agresividad funcional. Y hay otros cuerpos más sensibles, más contemplativos, más lentos, más atentos a lo simbólico que a lo rentable. El sistema no es neutral ante esta diferencia: premia un tipo específico de configuración humana y castiga las demás.


La ideología meritocrática insiste en que todo depende de la inteligencia, la pasión o la astucia. Pero incluso esas cualidades no están distribuidas de manera uniforme, ni se expresan del mismo modo en todos. Hay quienes poseen una inteligencia instrumental, orientada a dominar, negociar, optimizar; mientras que otros disponen de una inteligencia expansiva, abierta, crítica, contracorriente, incapaz de reducir el mundo a una hoja de cálculo.


Existen individuos que sienten el dinero como un fin natural, pero existe un reducido número de naturalezas, que son casos afortunados, que  nunca logran idolatrarlo, no por moralismo, sino porque su deseo se orienta hacia otros horizontes: el pensamiento, la creación, la exploración, la disidencia. A estos últimos se les dice que deben adaptarse. Pero adaptarse, en muchos casos, significa traicionarse.


El problema no es que todos no sean igualmente astutos. El problema es que el sistema finge que solo existe un tipo válido de astucia, una sola forma legítima de inteligencia, una única pasión digna de recompensa. Cuando alguien no encaja, no se cuestiona la estructura; se patologiza al individuo: le falta ambición, le falta disciplina, le falta hambre de fama y éxito. 


Pero tal vez lo que le falta no es hambre, sino ganas de devorar lo que nunca deseó. Es más fácil decir que el mundo está lleno de fracasados, que tratar de comprender a esas naturalezas cuya sensibilidad es incompatible con una maquinaria que solo reconoce valor cuando este puede traducirse en dineroY mientras sigamos llamando igualdad a una competencia entre criaturas distintas, seguiremos confundiendo la injusticia con destino personal.

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