sábado, 5 de junio de 2021

El idealista frente a la realidad

El idealista frente a la realidad

Muchos no saben por qué son idealistas. Lo cierto es que el idealismo es una doctrina filosófica mucho más arcaica y potente de lo que se cree generalmente, la verdad es que esas aguas aparentemente mansas, inofensivas y sin mayor peligro en su superficie se mueven por bajo con una incalculable fuerza capaz de arrastrar todo lo que encuentra a su paso. 


Está demás decir que el idealismo, por su empecinado anhelo de concretar lo irreal y de sustituir lo real por lo gratuito, se opone virulentamente al materialismo, doctrina que asegura que la única realidad es la materia. Se sabe que los idealistas subjetivos creen que la entidad en sí es incognoscible, pero la reflexión concede la posibilidad de acercarse al conocimiento genuino; por lo que respecta a los idealistas objetivos, arguyen que el único objeto que puede conocerse es aquel que, independientemente de que exista o no en el plano positivo, existe en el pensamiento del individuo. A mi criterio, los idealistas, —farsantes y embusteros—, se pueden advertir de lejos por las siguientes características: son ilusos, incautos, fracasados y resentidos. 


Pues bien, antes de ir más a fondo sobre las principales características de los idealistas conviene aclarar, por razones simplemente teóricas, el siguiente punto: existen dos tipos de idealistas: los mundanos y los ilustrados. Los primeros son los que sin tener mayor formación filosófica se dejan arrastrar por las aguas del idealismo a precipicios inimaginables e indeseables; éstos son, como consecuencia de su pereza mental, víctimas de las ilusiones de otros y por ello terminan rigiéndose y tomando como criterio normativo los delirios ilustrados ajenos, incorporándolos como suyos a sus propios proyectos vitales, al margen del mundo concreto, el real. 


Entiendo por un idealista ilustrado al que, a partir del contacto teórico con las distintas formas de idealismo desde las más arcaicas hasta las mas recientes, seducido por la influencia que esos diferentes sistemas de ideas tienen en él decide traicionar de manera consciente(sofista) o de modo inconsciente (necia) a la realidad y opera desconectado de ésta; además al que a críticamente deposita esas ideas en su consciencia como si aquellas fueran de verdad científica y filosófica y de una naturaleza irrefutable. Éstos son los que, no conformándose con traicionar solitariamente a la razón, terminan en su locura superlativa, revestida con ropajes racionales, arrastrando a la plebe a enormes despeñaderos, constituida ésta por numerosos idealistas mundanos, para gracias a ellos hacer “realidad” sus castillos de arena y de naipes.


Ilusos


En primer término los idealistas —sean mundanos o ilustrados— son ilusos. Un iluso, como decide ir contra la realidad y se vuelve incompatible con ella, es un sujeto que tiene la absurda tendencia de ser un completo soñador, no está apegado a la realidad sino todo lo contrario, al ideal; el idealista mundano por ejemplo, cree que todo el mundo con que se relaciona socialmente, sólo  por que él lo desea que sea generoso, actúa siempre de muy buena fe y que la vida, sólo porque él lo cree así, puede ser modificada acorde a sus disposiciones internas. 


Soñar y esperar poder un día concretar una determinada empresa no es algo en sí malo, pero cuando es una esperanza que no tiene fundamentos reales, sí, ya que constituye un evidente autoengaño, que a veces involucra la buena voluntad de otros seres humanos. La victoria aparente del odio sobre el amor, de la mentira sobre la verdad y de la irracionalidad sobre la racionalidad es algo que parece real pero que en el fondo no lo es. Creer que es así, es ser un simple iluso.


El idealismo, la mentira, siempre se ve desenmascarado por la realidad. Muchos, de los que constituyeron ese grupo de idealistas, creyeron que el nazismo, cuando estuvo en su máximo apogeo, era imparable, la realidad empero le puso el botín en la cabeza reduciéndolo a lo que es: una vergüenza de la humanidad. 


El idealista frente a la realidad


Ademas, los de esta clase, los idealistas someros, son individuos cuya ingenuidad y candidez los convierte en sujetos fácilmente manipulables e idóneos para engañar  superlativamente; son una presa fácil de atrapar para los aprovechados y los vivos. Por otro lado, se caracterizan por tener una excesiva confianza en los que ostentan algún tipo de poder (padres, maestros, religiosos, políticos) aun cuando no existen razones suficientes y fundadas  para hacerlo; la creencia empedernida, tozuda, es uno de los rasgos más comunes en las personas ilusas, ésta puede crecer con el tiempo y hacer de éste alguien dogmático y fundamentalista. 


Una ilusión es la apreciación poco afinada e incorrecta de algún hecho, cosa, circunstancia o de la realidad misma; todas las personas están, como consecuencia de sus limitaciones cognitivas, abiertas a experimentar esto, pero de persistir aquello se puede convertir en algo inclusive patológico. El problema no radica en equivocarse, es decir, en tener una apreciación errada sobre la realidad, el meollo del asunto estriba en mantenerse tozudamente en el error, en no querer, a pesar de todas las evidencias que lo refutan, salir de él. 


El iluso, especialmente cuando se trata de un idealista ilustrado, en muchos casos no se conforma con engañarse a sí mismo , sino que además induce a otros a que lo acompañen en su delirio. Cuantos guerrilleros, sobre todo en Hispanoamérica imitando el ideal bolivarista, engañaron a niños y niñas indefensos/as y se los llevaron, enceguecidos por sus dogmas, a los montes a combatir por un mejor porvenir sólo para que fueran a perder lo mejor de sí: la vida. Hoy la realidad a los que están vivos les restriega su idealismo en sus caras. No se puede traicionar a la naturaleza sin tener mayores consecuencias.


Las guerrillas hispanoamericanas, aun cuando muchos de ellos lucharon sinceramente y obtuvieron gracias a sus sacrificios ciertas conquistas sociales que de otro modo parecían imposible en sus respectivos países, son el reflejo del más descarnado idealismo; su operar fue siempre desconectado de la realidad, por eso es que en vez de derrotar a sus enemigos externos, Mr. Herbert y Mr. Brown, e internos, las autoridades oficiales del estado, se han hecho aliados de ellos, tal como lo hizo el Coronel Aureliano Buendía. La lucha en Macondo, a pesar de todas las muertes que dejó, solo fue aparente, la guerra civil casi nunca es necesaria en ningún país. La guerra civil es algo así como cuando dos hombres de la misma comunidad ponen a pelear a dos perros y cuando ellos quieran o cuando los pobres animales están a punto de desgarrarse completamente los separan.


Incautos


Los idealistas ilustrados o superficiales son por lo general incautos. Motivados por sus delirios individuales( o colectivos), se embarcan en grandes empresas que en general sobrepasan sus limitadas capacidades. No son conscientes de que deberían operar con cautela, pues esas mismas empresas desaforadas con el paso del tiempo muchas veces suelen  volverse en contra de sus propios creadores, tal como le ocurrió a figuras históricas como Bolívar, Lenin, Trotsky, Mijaíl Bakunin y muchos otros idealistas y soñadores conocidos o desconocidos. Es imperativo operar siempre bajo precaución, pues no siempre las acciones  que se realizan podrán impactar de la manera que se desea, peor aún  si aquella está en franco divorcio con la realidad. 


En este mundo plagado de psicópatas, idealistas y gente mal intencionada atosigada de poder fetichizado  cuyos discursos distorsionan el sentido de la realidad y envenenan las distintas interioridades de las naturalezas complejas; es preciso vivir siempre en contacto con lo tangible, con lo real. No se debe dar crédito a ninguna propaganda religiosa, política o de la naturaleza que sea que no haya pasado la prueba en el crisol de la historia, que no haya demostrado evidencias empíricas de su efectividad. Los bobos son fácilmente engañados por las virulencias de grupos o ideologías en boga. Los hombres y mujeres con los pies en la tierra, no. Los idealistas por su obstinada pasión, lujuria y fijación con lo irreal jamás se cansarán de fracasar en sus pequeñas o descomunales empresas o proyectos, pues la base fundamental que sostiene todo su operar es irracional y no racional. 


Los idealistas son, ilustrados o someros, ya lo he insinuado, sujetos fracasados casi desde el comienzo. Ningún idealista en la historia ha visto concretado plenamente un proyecto suyo, del índole que sea, desde Cristo a hasta Hitler ha sido puro fracaso. Siempre fracasan. La realidad los pone en su sitio. Hitler, Stalin o más recientemente Donald Trump son ejemplos claros de como los idealistas por desaforados que sean sus planes y proyectos siempre sucumben ante las enérgicas exigencias de la realidad. El éxito del idealismo estriba en que es más compatible con el carácter del ser humano: irracional en gran medida.


La ciencia, es, cómo se sabe, algo artificial, de ninguna manera natural, si lo fuera no existirían las religiones ni los falsos políticos, ya que en una república racional éstos parásitos serían expulsados de inmediato por mentirosos y, más concretamente, por dañinos y peligrosos para la salud del estado. Lo natural es que el ser humano trate de explicar las cosas de manera arbitraria, de forma ideal. Este es más irracional que racional, por eso es que el idealismo a pesar de todos los fracasos prácticos y teóricos que ha tenido en el transcurrir de la historia sigue aún vivo y seduciendo a los ilusos, incautos y decadentes de hoy día. 


El idealista frente a la realidad


Por mi parte, prefiero un proyecto pequeño con alcances limitados por el espacio y el tiempo basado en la razón que desaforadas empresas fundamentadas en la locura. El idealismo es una locura que se ha prolongado desde Platón hasta nuestros días,  alcanzando su punto más álgido en Alemania con Fichte, Schelling, Hegel, Nietzsche e inclusive hasta el nazi Martin Heidegger. El éxito del idealismo alemán consistió en dos derrotas militares  aparatosas. Si Alemania, que es hoy un país potente y sumamente desarrollado, no es debido a su idealismo fracasado sino más bien a que fue ayudado por Estados Unidos, con el Plan Marshall,  cosa que no quiso hacer con Hispanoamérica, claro no quiere ver una hispanidad fuerte e independiente. Si se siguiera rigiendo por su idealismo ya hubiera cosechado unas cuantas humillaciones más.


resentidos


La hostilidad y la obstinada oposición hacia una determinada institución, grupo o algún sujeto en particular, la desbordada ira no canalizada correctamente sobre un determinado acontecimiento de carácter repugnante, el enojo reprimido e innecesario y la boba determinación a negarse a perdonar es una manifestación clara de resentimiento


Y es que el idealista resentido como nos dice el maestro Nietzsche se caracteriza por “el enojo, la susceptibilidad enfermiza, la impotencia para vengarse”. Nietzsche afirma que “el placer y la sed de venganza, el mezclar venenos en cualquier sentido para personas extenuadas es ésta, sin ninguna duda, la forma más perjudicial de reaccionar: ella produce un rápido desgaste de energía nerviosa, un aumento enfermizo de secreciones nocivas, de bilis en el estómago, por ejemplo”. 


El resentimiento, que se refleja en múltiples sentimientos de naturaleza represiva y absolutamente negativa, es el último estadio del idealista, se convierte en cierto momento en una nota constitucional en todo sujeto idealista. Una vez descubre la imposibilidad de remplazar la realidad por la idealidad y que aquella no puede ser manipulada a su propio antojo éste se resiente y vive así. 

El idealista frente a la realidad

Tal como le pasó al coronel Aureliano Buendía, después de haber perdido las 32 guerras civiles, volvió a su casa, a su quehacer cotidiano, a su realidad, y vivió sus últimos años de vida fuertemente abrazado a las hiperafiladas navajas del resentimiento. El Che Guevara se vió refutado por la realidad, y ofrendó su vida de una manera absurda. Simón Bolívar, aquel hiperidealista, que creyó haber ganado y conquistado todo lo que se propuso, terminó sus últimos días de vida en la más extrema pobreza, enfermedad y locura y, además, perseguido por sus antiguos amigos, murió en la miseria y huyendo cobardemente de su propia empresa descomunal. El resentimiento por su gran fracaso lo consumía, su propia creación se volvió contra él. Lo mismo le ocurrió a Trotsky que vivió los últimos años de su vida quemándose en el más viscoso resentimiento contra su camarada Stalin, y que a la postre fue víctima de la locura de aquel.


Y es que, como sentenció el maestro Nietzsche, “con ningún fuego se consume uno más velozmente que con los afectos del resentimiento”, todo idealista se consume velozmente al meditar en su proyecto fracasado. Ese es el fatídico destino de los idealistas, volver a lo que son: ilusos, incautos y en extremo fracasados. Algunos, cuando ya no pueden más con ese sentimiento intolerable, ponen fin a sus vidas, otros no tienen el coraje suficiente y viven en ese estado miserable hasta sus últimos días.

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