martes, 1 de junio de 2021

El síndrome de Amaranta

El síndrome de Amaranta


1. La relevancia de Cien años de Soledad 


Cien años de soledad es la ontología par excellence de la periferia hispanoamericana, es la novela que describe magistralmente la vida del mundo ordinario, de ese que no se considera como relevante en ningún ámbito, pero ello no obsta para que ésta esté entre las obras más  grandes del extenso universo de la literatura. 


A pesar de la prosa modesta que empleó el autor, pues Gabriel García Márquez  en cada libro que escribió se dejó leer por todo aquel ávido lector de buena literatura, es la novela más grande que ha surgido de la literatura de Hispanoamérica.


En síntesis, la novela describe la saga de una familia de locos, de unos psicópatas, en un pueblo perdido en su propia geografía, en absoluta soledad política, incivilizado y sumergido en la más honda ignorancia, cuyos miembros son incapaces de solidarizarse genuinamente con el dolor de los otros; por el cúmulo de patologías que se proliferan en los diferentes miembros que conforman el territorio de Macondo, ese pueblo acelera su propia autodestrucción, que de hecho se efectúa al final de la novela cuando la aberración y la degeneración alcanzan su punto más  álgido: el nacimiento del niño con cola de cerdo. 


En verdad lo que nos narra el autor es una gran historia —constituida por una serie de pequeñas historias armoniosamente  intercaladas— de naturaleza  grotesca, horrible, repugnante, decadente y, a pesar de ello, debido a la genialidad con la que esta obra literaria se escribió, es capaz de hacer que aquella historia, en principio asquerosa e indeseable, nos parezca una obra atiborrada de un incalculable sentido del humor; por momentos, como lo pueden atestiguar los que la han leído de pasta a pasta, es inevitable el no soltar enormes carcajadas, y sin embargo lo que el autor nos está  diciendo y trasmitiendo en cada línea de la novela es una realidad verdaderamente trágica y desgarradora, que si la hubiera escrito un inglés seguramente hubiera sido una de las obras más  exquisitas de terror. 


2. Propósito del ensayo


En este pequeño ensayo me gustaría analizar uno de sus personajes, el segundo más maléfico de toda la saga, que es una mujer o “una pasión inútil” cuya maldad no parece tener límite alguno. Por supuesto que me refiero a Amaranta y no a Fernanda del Carpio, a quien muchos críticos someros de esta novela consideran como el personaje más  nefasto de la saga por su asociación absurda con España y la religión católica. Amaranta, por la  frialdad y la maldad con la que realizó sus fechorías, es más mala que Fernanda, de eso no hay duda. 


Sus padres, ilusos religiosos, le infundieron múltiples mentiras en su etapa de niñez, lo que tuvo infortunadas consecuencias en los distintos estadios decisivos de su vida; los prejuicios y los dogmas religiosos influyeron enormemente en la configuración de su personalidad: trató siempre de solucionar todo en clave religiosa. La peor mentira  fue la  de que, en un futuro no muy lejano,  sería una auténtica reina, pero eso nunca tuvo lugar. Es obvio que las patologías que desarrolló, como consecuencia de su inflexibilidad religiosa, le impidieron llevar una vida normal, como esposa y como madre, pero su maldad, inclusive en su máxima expresión, no se asemeja para nada con la de Amaranta, un ser de naturaleza asquerosa. 


En fin, Pietro Crespi, su ex novio; Remedios Moscote y los hijos del Coronel Aureliano Buendía fueron, de alguna u otra forma,  víctimas de la maldad aterradora de Amaranta Buendía. 


3. Amaranta Buendía


Un amor contrariado


Amaranta fue la hija menor de José Arcadio Buendía, —el patriarca inútil que   terminó completamente loco y amarrado al pie de un árbol de Castaño hablando, no para los vulgos sino para los lúcidos como el padre Nicanor Reyna, la lengua del Señor: el latín—, creció en compañía de Rebeca, que a diferencia de esta última era fea, sin gracia, tal como se ha representado tradicionalmente el mal, aunque se crecieron juntas, sus sentimientos e intenciones por su hermana adoptiva, con algunas patologías —para nada sorprendentes— como las  que exhibían la mayoría de los integrantes de la familia Buendía, cambiaron rápidamente cuando de pronto irrumpió en el microcosmo de la novela Pietro Crespi; pues como nos cuenta el narrador,  las dos quedaron muy fascinadas por la ternura, gentileza y finura de aquel tierno y hermoso caballero; durante este periodo de adolescencia se originó, como consecuencia de los celos descomunales de Amaranta, una rivalidad innecesaria entre ellas, innecesaria  pues la fealdad de Amaranta, tanto espiritual como física, no le permitió, por más enconado que fuera su odio por su hermana, ganarle. 

El síndrome de Amaranta

La enemiga a muerte de Rebeca y sus víctimas


Desplegó todas sus virtudes, si se le puede llamar así, teóricas y prácticas para  la consecución de su más dorada ambición: impedir la boda de Rebeca; resuelta a materializar su maquiavélico propósito,  llegó tan lejos desde enviar una carta a Crespi, el día antes de su boda, notificándole sobre la muerte de su madre, lo cual fue una vil patraña, ya que su madre se presentó a primera hora para estar presente en su boda, hasta envenenar deliberadamente a la infanta  Remedios Moscote, esposa del pederasta Aureliano Buendía. Por fin, después de tanto desear y maquinar con miras a tener éxito en su miserable empresa, lo logró, la celebración se aplazó definitivamente. Rebeca, finalmente  frustrada por no haber podido concretar su amor con el angélico músico, descubrió que el temperamento de su novio y el de ella eran completamente incompatibles, dos naturalezas irreconciliables; esto quedó bien evidenciado cuando ella, al ver que no quedaba más  por hacer, le propuso impulsivamente que se fugaran de su casa, él, abrumado por la petición repentina, no tuvo el suficiente valor para llevarla a feliz término, era un hombre culto y muy fino pero demasiado cobarde y poco aventurero; por ello se casó con José Arcadio, hombre de estatura descomunal y harto aventurero que llegó  inclusive a dar setenta y cinco vueltas alrededor del  mundo, incurriendo casi en el incesto. Por ese desaire familiar, Ursula Iguarán, la matriarca de la casa Buendía, nunca la perdonó. Murió en la más  profunda soledad e indecentemente decrépita.


Una mujer fría


Se puede decir que Amaranta es ese prototipo de mujer fría e incapaz de sentir nada por nadie. Ningún ser humano, cercano o lejano, pudo penetrar su espíritu indomable, las altas  y frías murallas que guarecían su corazón jamás  pudieron ser derribadas, por eso rechazó, sin mostrar mayor empatía por sus vulnerables y vidriosos pretendientes, cualquier propuesta de amor. Al único que fingió querer y prestar mayor atención fue a Pietro Crespi, pero no porque genuinamente lo amara sino para alcanzar su más ansiado deseo: venganzarse de él por haberla humillado y despreciado cuando ella, en su desesperación amorosa,  le declaró, sin pudor de ninguna clase, su acentuado amor obsesivo. Con el paso del tiempo, éste creyó haberla conquistado espiritualmente, ya que ella parecía dar señales de ello, por lo que, movido por una autoconfianza  ingenua, le pidió solemnemente que consumaran su amor con el sacramento del matrimonio, pero aquella serpiente herida con una frialdad increíble se limitó a rechazar su íntegra petición con un rotundo no definitivo; este rechazo ocasionó una profunda soledad y depresión en Crespi quien, al sentirse incapaz de remediar su enorme desventura amorosa con aquella frígida mujer, optó por lo que mejor se le presentó a su atormentado espíritu en el momento: el quitarse la vida; un recurso cobarde desde todo punto de vista. 


El síndrome de Amaranta


Como en un determinado momento de su existencia alcanzó el grado excepcional de consciencia de que nunca podría amar de verdad y ser feliz, entonces se convirtió en un magnífico templo para hospedar calurosamente al odio y al temor. La sola idea de que otros pudieran amar y ser felices, le producía horror y amargura indecibles. Aquella marchita doncella alimentó su alma del miedo, el odio y la venganza. Vivió  represivamente. Las emociones que hospedó en su interior fueron negativas. Jamás cultivó las positivas, las expansivas. Su vida en términos generales fue una completa miseria. Tratando de sentir y apaciguar su remordimiento criminal, puso un día su mano en el fuego y sufrió una quemadura que bien  pudo ser de segundo o tercer grado.


El monstruo de Amaranta


Ella fue un auténtico monstruo. Nunca, por más  que nos intente despistar el narrador, amó. Vivió, como el coronel Aureliano, con miedo de amar toda su vida. Como nunca consiguió ser feliz consigo misma, se dedicó a odiar a todo aquel que buscara sinceramente el amor y la felicidad. Por eso odió a Rebeca. Porque buscaba con anhelo genuino tales cosas. No le bastó con destruirle su ilusión amorosa juvenil, quería torturarla interiormente, anhelaba, cosa que no acaeció, disfrutar del espectáculo de verla muerta. Fue un ser despreciable. La peor villana de todas las mujeres en la literatura hispanoamericana. Y, como sabemos, la realidad (la voluntad del autor) le movió la alfombra, ya que al final resultó ser ella la que murió antes que Rebeca. 


Nunca le importó nadie de verdad. Con base a la descripción que se hace de ella en la novela, fue una auténtica psicópata.Por lo que de ella nos cuenta el narrador, fue, por decirlo así, un nido repleto de serpientes, un pozo inagotable de defectos. Fue una auténtica máquina asesina dispuesta siempre a desplegar el mal. Odiar y matar fue su mejor hazaña en la vida.


Su maldad sólo se compara con la del Coronel Aureliano Buendía, asesino, pederasta y, en gran medida, desquiciado, responsable del fusilamiento de innumerables individuos; matar a otras personas fue su actividad favorita, hacer pescados de oro fue quizá la segunda. Era tan ignorante en lo concerniente a la anatomía, o se hacía, que ni matarse a sí mismo pudo, pues no sabía el lugar exacto dónde se ubicaba su negrísimo corazón, lo cual hubiera sido algo beneficioso para todo Macondo. Amaranta, como su hermano psicópata, nunca pensó en nadie que no fuera en sí misma. 


Nunca amó a Crespi de verdad aunque lo pretendió. Lo único que quería era que su hermana adoptiva no fuera feliz a su lado. Eso se demuestra cuando ella, después de haber logrado su propósito de impedir la boda de su hermana, tuvo la oportunidad de tenerlo como su único amante, pero pudo más su miedo cobarde y lo rechazó frígidamente. Jamás perdonó el hecho de que él, habiendo podido elegirla primero, no la hubiera hecho así desde el principio; su orgullo colosal, su estupidez, se sintió hondamente herido. 


Una mujer degenerada 


Era de esperase: como la mayoría de los miembros de los Buendía, un atajo de bestias incivilizadas y amigos del incesto, la pederastia, la zoofilia y muchas otras desviaciones sexuales, ella también protagonizó un corto romance, próximo  al incesto, con su sobrino Aureliano José, a quien ella crió como a un hijo ya que su padre se pasó la mayor parte de su mejor tiempo gestionando y realizando guerras improductivas. De no haber sido porque Ursula los descubrió en cierta ocasión besándose  apasionadamente, quizá aquel juego en apariencia  poco peligroso hubiera desembocado en la pérdida de la virginidad de la ya marchita doncella. 


Es asombroso: su degeneración no conoció límites; en una ocasión, para satisfacer un poco sus retorcidas necesidades y fantasías sexuales, llegó inclusive a tocar de manera pederasta al nieto de tres años de su sobrino José Arcadio, quien era hijo de Fernanda y Aureliano Segundo. Sin duda fue una mujer perturbada, como su familia, estaba desquiciada como casi todos los personajes de cien años de soledad, excepto quizá Ursula que es la que más se acerca a lo que nosotros consideramos como un sujeto racional. 


Por su incapacidad de amar y relacionarse sanamente con los hombres, murió soltera y virgen. Es curioso que incluso cuando se encontraba en su lecho de muerte no mostró ni la más mínima muestra de arrepentimiento o remordimiento por ninguno de sus actos, tenía limpia su consciencia. Murió antes que Rebeca, siempre deseó verla morir y disfrutar de ese pequeño placer que tanto anheló  desde el principio, si no la  mató fue porque de haberlo hecho aquello hubiera sido demasiado obvio, pero en su corazón siempre lo deseo así. Nunca la pudo perdonar, tampoco a Fernanda, una desquiciada como ella. Hizo y deshizo su propia mortaja, al final murió sola y con su espíritu enfermo. Ella es un claro ejemplo del tipo de persona que se desarrolla en una sociedad en el abandono político, por otro lado, está malvada mujer rechazó, siempre que tuvo la oportunidad, al amor, porque temía enfrentarse a su propio corazón.

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