domingo, 31 de enero de 2021

¿Cuál es el lugar real, no el ideal, de la felicidad?

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Imagen de evgenW en Pixabay

               

 


¿Quieres saber cuál es el lugar real, no el ideal, de la felicidad?  en la filosofía de Platón, si esa es la razón por la que estas aquí,  te invito a leer este lacónico ensayo. Entremos pues en acción. 


El lugar ideal de la felicidad


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Para Platón entonces la felicidad no está en las cosas sensibles, a saber, en las materiales. Éstas caducan y su existencia no es como las de las ideas, las cuales son eternas. Un lápiz, por ejemplo, en cuanto a materialidad con el tiempo desaparecerá y se deteriorará con el constante uso o porque un sujeto fuerte lo rompa en un arrebato de ira, pero su idea es eterna y ella no puede ser destruida por la mano sensible. 


Es, pues, necesario entregarse fielmente a la contemplación de las ideas para de esa manera evitar la infelicidad. Es en el mundo de las formas donde nuestro espíritu alcanza un poco de sosiego mientras tanto espera salir de la cárcel que es nuestro cuerpo.



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La esencia, no la apariencia


La esencia es, expresado sumariamente, la condición de posibilidad de la apariencia sensible. Para ser feliz hay que contemplar la esencia de las cosas, esa capacidad es de vital importancia en la obtención de la felicidad. 


Quien no contempla la esencia de las cosas se queda en el mundo de la superficialidad, a saber en el plano del vulgo. Es la capacidad de ver la forma; de buscar la idea, la que nos proporcionará la felicidad.


Para Platón, en su república ideal, el particular adquiere no en sí mismo, sino a la luz del todo. Es en el todo donde el particular encuentra su pleno significado. Es decir, el todo representa las partes, las partes por sí solas no pueden dar de sí todo lo que de virtud poseen, sino sólo en unión real con el todo. 


Es la unidad y la armonía de un cuerpo la que posibilita que él funcione bien. Un particular separado del todo pierde su fuerza; un miembro fuera del conjunto es, en definitiva, abstracto, tiene significado pero carece de sentido. El hombre, como todas las formas de vida inferiores, tiene un lugar preciso en la sociedad y debe de aceptar el lugar que la naturaleza le dio   en el mundo.


La aceptación del orden natural

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Platón creía que un sujeto nace naturalmente como artesano, soldado, o guardián. Siendo el último la forma más alta y digna. Con raras excepciones, la mayoría de sujetos según Platón ocupará una de esas categorías toda su vida. Aceptar el lugar que la naturaleza le brindó es una forma de evitar ser infeliz. 


Quien no acepte resignadamente su lugar en la sociedad y se oponga a la fuerza inevitable de la naturaleza, para demostrar que aquella se equivoca, se verá condenado a vivir infeliz, su deseo, su pasión inútil, de saltar los límites de la naturaleza le imposibilitará ser feliz.                    


El ejercicio de la razón


Quien quiera ser feliz según las doctrinas básicas de Platón, tendrá que enfocarse en las ideas, en el mundo inteligible cuya realidad no puede ser captada en su integridad en los objetos sensibles sino en las ideas abstractas de las cosas, tiene que vivir acorde a las exigencias de la razón y moderando los dictados fogosos de la pasión.


En todo caso, sea que Platón fuera o no monoteísta, se enfocó en demostrar que la felicidad dependerá en la medida que se viva como Dios o los dioses, pues él o ellos viven según los dictados de la razón. 


Sin embargo, al leer los escritos sacros o los libros sagrados que los describen uno no puede ver la preeminente racionalidad en su accionar. Es más, la mayoría de los dioses parecen ser mucho más irracionales que algunos sujetos virtuosos en la historia. Bueno. Allá los teólogos.


La obtención y el aumento de bienes subjetivos


Así que para todos aquellos que ponen su alegría en cosas u objetos materiales como una casa, un coche, en la cantidad de dinero que poseen no se sentirán muy vivificados ni muy incentivados en leer la propuesta de Platón sobre la cuestión de la felicidad. 


Es cierto que esas cosas, como sabemos, no nos pueden proporcionar una genuina felicidad, son, se podría decir, en alguna medida, los medios para conseguirla.  Pues nada asegura que la falta de esas cosas materiales asegurará la felicidad. 


Es verdad que un hombre que dedica toda su vida a la obtención de bienes objetivos, despreciando la obtención de bienes subjetivos y aun sirviendo de activista de la primera, no es una persona a quien se deba poner como referente.


Quien se dedique sólo a uno de esos aspectos, y desprecie al otro, no alcanzará una felicidad genuina.  Es aquí donde se necesita poner atención, pues a mi juicio la propuesta de Platón no es honesta, si lo fuera no despreciaría de la manera que lo hace a las cosas sensuales. 


Platón se propone a demostrar que la obtención de los bienes subjetivos es el camino correcto por el que los hombres rectos deben de ir para contemplar el mundo real, el de las formas.


El lugar real de la felicidad


El contexto histórico particular


Es cierto que el contexto histórico juega un papel importante en la configuración objetiva y subjetiva de una persona y, del mismo modo, lo marca de manera muy profunda y, por más que quiera hacerlo, saltar tal determinación (negación por un lado y afirmación por el otro) parece imposible.


Se sabe que la constante exposición a toda clase de injusticias sociales produce en la persona que vive en tal sociedad una profunda indiferencia con su entorno, relativizar la condición social y la clase social de alguien y, movidos por el prejuicio, dar un juicio sobre él, al margen o sin tomar en consideración tales aspectos, es un error.   


No pretendo analizar el perfil psicológico de Platón, sería injusto, ya que mi conocimiento sobre su historia privada es bastante raquítica.  En todo caso, basado en los escritos adjudicados a él, me parece encontrar un hombre que está bastante cansado del mundo sensible, de su mediocridad, de su imperfección, de su finitud, de su limitación.   


En el mundo imperfecto, en el aparencial, en el accidental, no en el formal


Aceptar que este mundo es imperfecto y que los sujetos que lo constituyen también lo son es una manera saludable de enfrentar la realidad. Aceptar tal cosa lo pone a uno en un camino más auténtico para encontrar la genuina felicidad. No aceptar tal cosa y buscarla en realidades de las cuales nuestra experiencia carece de experiencia es un acto, en mi opinión, sumamente deshonesto.


Pensar que sólo porque este mundo esté repleto de crueldad natural e histórica no es un lugar en el cual se pueda experimentar un poco de alegría me parece limitado. 


Es cierto que existen enormes males de origen natural e histórico y que las religiones al parecer aceptan con resignación, pues creen que dios sí puede actuar en casos particulares, pero en asuntos públicos parece bastante reacio. 


No ven, suponiendo que existiera, en él el culpable de todo ese mal. Es más, lo defienden a capa y espada y, si uno dice algo racional en contra de su deidad que los haga sentir avergonzados, seguramente lo considerarán como a un enemigo.


Les parece monstruoso y cruel que alguien lance dardos racionales contra su morada de paja, no contra su persona, dotada de dignidad por el mero hecho de nacer, pero les parece racional y aceptable la colección de supersticiones de toda clase del Antiguo y Nuevo Testamento.


En esa colección de libros atiborrados de barbarie se narran historias con las cuales Hollywood podría crear películas de terror que generarían jugosas ganancias.  Pues en algunos de esos libros se narran historias de crueldad inconmensurable.


No es que uno niegue tales males, que quiera endulzarlos como la mayoría de religiones para aceptarlos, y que no haga nada para que éstos disminuyan. Por el contrario hay que luchar para que su realidad vaya en descenso.


Esos males han existido y seguirán existiendo, no por cuestiones naturales sino históricas. Así que uno tiene que aceptar que la poca felicidad que existe en este mundo; existe a la par con estos males, que pueden sin embargo ser reducidos en la historia. 


Si uno no acepta esa realidad y se hace el indiferente con ella, cae en el mismo problema de Platón, el evadir la realidad y buscarla fuera de la realidad, a saber, en el mundo creado por uno para ponerse a salvo del miedo que provoca el mundo real. Es pues claro que la única felicidad que existe es la que se encuentra en  el mundo fortuito en el que vivimos. La propuesta de Platón me parece limitada y defensiva. 


El que no quiera ver el mundo como es terminará, tarde o temprano, creando un mundo a la imagen y semejanza de sus más profundos miedos cobardes y convicciones infundadas.


Conclusión


Platón, como racionalista, ofrece su visión sobre lo que él considera ser la correcta. Es nuestra tarea el descubrir si tal oferta parece ser aceptable o repudiable.


Desde una perspectiva realista, pienso que la oferta de Platón como la de la mayoría de filósofos tiene muchos aspectos que podrían ser rescatados pero posee muchos que habría que verlos con un espíritu sumamente crítico.