viernes, 26 de febrero de 2021

¿Cuál es el Valor de la Filosofía de Marx?【Irrupción marxista】

El valor de la filosofía de Marx
El único filósofo en descubrir meridianamente que los pies que sostienen el cuerpo material y formal del capitalismo son de barro fue, sin vacilación, Marx.


Tabla de contenido


 

1. Una visión normativa

 

La filosofía de Marx tiene la ventaja de que no se agota en el análisis del momento positivo de la realidad, por el contario, en su filosofía no brilla por su ausencia el momento normativo, componente necesario en toda propuesta filosófica seria. Balancearse solo para un lado de esos languidece a una filosofía.


La filosofía de Marx no se limita a exponer una visión positivista del mundo, su filosofía es normativa en cuanto la ética y la política son piezas constitutivas de su enorme sistema. 


Esto se puede comprobar al acercarse y hacer un repaso juicioso de su obra cumbre: El Capital.  Allí nos ofrece una ética y una política tal como lo sostiene el Dr. Dussel, aunque no está de manera explícita se puede identificar fácilmente en lo implícito.


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 Es más, la filosofía de Marx es, si se lee con detenida atención, en lo profundo una propuesta ética; aquella es como el esqueleto que sostiene el sistema de sus proposiciones teóricas, la política pero sobre todo la ética son las columnas que sostienen el edificio categorial de Marx.


Es verdad que Marx no tiene una teoría política completamente acabada, análoga a la de Max Weber, sin embargo existen numerosos esbozos que con un poco de esfuerzo teórico los nuevos marxistas deberían trabajar y adaptar —esas ideas importantísimas— a las exigencias de nuestra época de vidrio.

 

2. Un análisis positivo

 

El aspecto positivo también está presente en Marx. Él propone un estudio científico de la sociedad y un estudio científico de la economía, entendida eso sí la ciencia como algo dialéctico, tal como la concebía Hegel. 


Marx fue un gran sociólogo y un enorme economista, pero la superioridad de sus teorías sobre  las del resto de pensadores estriba fundamentalmente en que aquellas estaban de alguna forma subordinadas a lo normativo, a  lo ético, en lo que descansan todas sus teorías; para que una economía sea plenamente relevante tiene que ser necesariamente positiva y normativa, es decir, tiene que responder a las exigencias científicas y éticas de la época, de lo contrario puede terminar en algo hasta peligroso para la humanidad, la economía capitalista, como es crematística, en el sentido de Aristóteles, y necrófila en un grado impúdico resulta peligrosa.  

 

El capítulo principal de la vida intelectual de Marx fue, sin duda, la economía, el campo práctico que más trabajó y que, debido a la penetración y la honradez de sus análisis, le permitió, sobre todo después de su muerte, sus mayores elogios y glorias mundanas; pero esa, aunque es la que más alumbra, de su vida erudita, no fue la única faceta que constituyó la totalidad de su persona. 


Reducir a Marx  al ámbito meramente económico, como lo hacen algunos marxistas trasnochados, es algo —como ya quedó evidenciado gracias a los errores políticos y económicos del socialismo real— infructífero para el marxismo genuino.

 

3. Una invitación a la duda

 

La filosofía de Marx —considerado por Paul Ricoeur como parte constitutiva del grupo de los maestros de la sospecha— es una invitación a la duda. Pero no es a dudar irresponsablemente a lo que él nos incita, sino más bien a dudar de la buena voluntad expresada en los paradigmas naturalizados por las élites. 


Es a dudar de lo supuestamente natural cuando en realidad es histórico, hay que dudar de las verdades que quieren naturalizar las clases dominantes; hay que poner en crisis sus categorías políticas y económicas. Y si es posible proponer nuevas categorías. 


Es algo análogo a lo de Descartes, pero no en el terreno epistemológico sino en el campo económico.

 

Es evidente que los hombres y mujeres de hoy y de siempre han estado inclinados por diversas y distintas razones a casarse, sin cura, con el dogma.


Esto sucede por algo bastante simple: el dogma suministra una tranquilidad que el perezoso mental quiere experimentar.  Es más fácil aceptar un cuerpo de verdades unívocas y dogmáticas que tener una concepción crítica del mundo interno y externo.  


Poner en crisis el discurso y la práctica de la clase dominante es la condición de posibilidad para el surgimiento de una consciencia genuinamente crítica.


Hay que dudar de las teorías económicas y políticas de la clase dominante, pues, por más científicas que se presenten, obedecen en último término a los instintos y las pasiones más primarias que habitan en el ser humano. 


Las teorías de la clase dominante son en lo fundamental meras apologías a los diferentes estados de cosas injustos vigentes. El fin último del operar de la clase dominante es adquirir poder formal y real para mantener a sus súbditos en un estado de consciencia mágico.


 Para lograr tal fin, es necesario la violencia sea aquella positiva o negativa, en la actualidad la forma más adecuada parece ser la negativa, pues ahorra esfuerzo y capital. Así que dudar de las estructuras deshumanizantes, es algo indispensable para alcanzar una visión más crítica de la realidad mundana.

 

El valor de la filosofía de Marx
   


 

El único filósofo en descubrir meridianamente que los pies que sostienen el cuerpo material y formal del capitalismo son de barro fue, sin vacilación, Marx. 


Su pensamiento y sus teorías son como dinamitas dentro del edificio sacrílego del capitalismo que muchos temen, por cobardía o ignorancia, detonar.


La filosofía de Marx por su inquebrantable carácter ético y su admirable rigor intelectual, es como un martillo, mejor una almágana, endiablado para los más dorados ídolos del capital. 


Es por ello que el pensamiento oficialista, —sostenido y a poyado por sus lacayos conservadores—, atacó no hace mucho vehementemente las ideas principales de Marx.  


Pero las verdades a las que él llegó son, aunque los sacristanes del capitalismo lo nieguen, como piedras afiladas en sus zapatos, estorban, incomodan.


La existencia de los ídolos sociales solo puede ser posible gracias al dominio monárquico de la razón fetichista, es pues tarea fundamental de todo filósofo exponerlos a la luz meridiana y demolerlos pulverizándolos sin compasión de ninguna índole. 


La diferencia entre la razón fetichista  y la ontológica es que la primera tiene como fin el deshumanizar, matar, y la segunda humanizar y hacer posible el desarrollo más óptimo de las potencialidades que permiten objetivar el bien común, bien que de alguna forma existe en el ser humano. 


 La primera cosecha defectos, que el neoliberalismo los considera como éxitos, y fustiga implícita o explícitamente la virtud, mientras que la segunda cosecha virtudes y asume la tarea no fácil de superar los defectos siempre presentes en todo ser humano.

 

5. Una diferenciación entre Sujeto y objeto

 

El objeto es pasivo y el sujeto es activo, es decir, el sujeto opera con el fin de modificar la naturaleza y transformarla en una atmósfera menos peligrosa para sí y para el otro.


 El objeto por el contrario es usado por un sujeto como un simple medio y es, por su naturaleza inactiva, incapaz de emitir una voz propia, desde sus entrañas, de protesta por ser tomado como una simple cosa, solo un ser humano plenamente racional y consciente de su realidad en el mundo, puede indignarse de su vida miserable, una roca no puede.

 

Por ese motivo se es sujeto, humano en el más alto grado, solo cuando se opera conscientemente para transformar la realidad de un determinado espacio tiempo. 


Marx es un filósofo en quien la praxis y la reflexión son realidades inseparables. Un ser humano no es plenamente humano por su constitución biológica, sino por su capacidad de ser consciente de su ser en el mundo, de su proyecto personal, en caminado a salvarse a sí mismo, y colectivo, cuya misión estriba en salvar al otro y la naturaleza misma; humanizarse y humanizar consiste en poner al servicio de la humanidad la capacidad teórica y práctica para transformar el mundo en un lugar más vivible.

 

No hay que ser ilusos: la clase dominante no quiere que la gente común despierte y se capte así misma como dominada por fuerzas sociales ajenas a su voluntad, su inconciencia es la condición de posibilidad para que su poder se mantenga intacto a través del tiempo.


 Marx propuso revelarse y no aceptar ser un eslabón más de la cadena del sistema capitalista. Deshumanizar al ser humano es algo necesario para la clase opresora, entre menos humano se sea más asegurado tienen el control sobre una masa autómata.

 

El valor de la filosofía de Marx



6. 
Una crítica al fetichismo

 

En general, en el pensamiento científico, cuando se piensa en fetichismo se suele considerar como algo irracional, una primitiva superstición ya superada con los adelantos logrados por el ser humano. 


Sin embargo esto no es del todo adecuado, la razón y la irracionalidad no pertenecen a universos tan dispares como en general se supone el hombre y mujer ordinarios. 


Una persona con sed de venganza es capaz de concebir, formular e implementar un procedimiento metódicamente para lograr materializar su pasión primaria, una persona con tal de lograr sus más irracionales pasiones es capaz de utilizar la razón más pura para lograr obtener la satisfacción de sus más bajos deseos.

 

Al ver nuestro tiempo y la historia se puede determinar que no es la razón genuina la que gobierna en la mente de los hombres de la clase dominante ni en la mente de los hombres y mujeres que constituyen la clase dominada, existe una razón fetichista y esta se hace pasar por racional con ropaje racional pero debajo de sus túnicas lo único que existe es una terrible irracionalidad, es la voluntad de poder, de (este artículo sobre él te puede interesar) Nietzsche.

 

Marx demostró que no es la razón fetichista la que nos puede llevar a la verdadera humanización sino la ontológica, la que es capaz de afirmar la voluntad de vivir propia y ajena, la que es capaz de distinguir la diferencia que existe entre el sujeto y la cosa.


 El capitalismo deshumaniza al ser humano y le impide que aquel pueda alcanzar objetivar las demandas más profundas y genuinas de su espíritu.