viernes, 18 de junio de 2021

Ciudad Maldita 436, nuestro mundo necesita la fiebre de Rockwell FallS


436 ciudad maldita, nuestro mundo necesita la fiebre de Rockwell Falls


Increíble. El 5 de junio de 2021 fue la primera vez que vi este filme. No importa, lo bueno casi siempre resulta deseable, inclusive cuando llega tarde.

Pues bien, “Ciudad Maldita 436” es una producción Dirigida por Michelle MacLaren y producida por Gavin Polone. El encargado de escribir el guión fue Michael Kingston. Fue protagonizada por Jeremy Sisto, Fred Durst, Charlotte Sullivan Y Peter Outerbridge. Se estrenó el 5 de septiembre de 2006 con una duración de 92 minutos.


Una producción decente


Se puede decir que es una película bastante modesta y poco comercial; dudo mucho que los amantes del terror vulgar como los que se deleitan con La Monja (2018) o con otros trabajos de análoga naturaleza puedan tener un juicio favorable sobre esta producción; su fuerza y potencia se encuentra principalmente en el guión; es una historia de terror —capaz de inquietar por sí misma— muy interesante y que, bajo el criterio aquí sostenido, tiene muchos elementos que nos insta a reflexionar sobre temas filosóficos, religiosos, políticos y, por lo mismo, sociales. Ésta producción aunque análoga en ciertos aspectos con otras como Invasion of the Body Snatchers (1956), Village of the Damned (1960), The Stepford Wives (1975) y Salem’s Lot (1979) posee su propia originalidad y riqueza temática. Es cierto que se le puede criticar por sus temas clichés, pero sobre ellos no me detendré; lo que me interesa en realidad aquí es extraer lo más significativo de este filme.


Resumen mínimo


Mientras se dirige por cuestiones puramente laborales hacia la localidad de Rockwell Falls, Dakota del Norte, el coche del protagonista, el topógrafo de Chicago Steve Kady (Jeremy Sisto), sufre un considerable percance: los dos neumáticos de las ruedas del vehículo se pinchan en aquella calle sin asfalto, al mismo tiempo que éste observa a una mujer cayendo aparatosamente de su caballo, lo que lo obliga a detenerse y poner fin a su desesperada marcha, esto ocurrió justo antes de arribar a una pequeña ciudad. El viaje se pactó por la Oficina del Censo de Estados Unidos con el telos único de indagar más a fondo el porqué esa pequeña y perdida población, muerta para el exterior del país y por lo mismo interesante, mantiene invariablemente el mismo número de habitantes, a saber, 436, lo más extraño y espeluznante de este caso es que esta estadística no cambia desde hace 100 años. En aquella desesperación y acorralamiento por salir indemne de tan embarazoso aprieto, Bobby Caine(Fred Durst), el ayudante del sheriff que patrulla por allí lo encuentra, le ofrece ayuda y lo lleva al pueblo, en el que por cierto nunca ha existido un crimen; estando ya en aquel sitio lo invita a dar un paseo turístico por la zona y además le presenta al alcalde Grateman (Frank Adamson), quien le insiste que vaya a echar un vistazo a su hermosa granja, donde Courtney Lovett (Charlotte Sullivan) vive con su madre.


Steve descubre, después de escuchar los altisonantes comentarios que articula el alcalde y otros habitantes del pueblo, que para ellos Rockwell es, no sólo de manera figurada, la porción más perfecta y hermosa de la tierra, un paraíso terrenal o, lo que es lo mismo, la antesala del cielo; además no se ha producido ningún tipo de variación en el número de su población desde 1860. A medida se prolonga su estadía en aquel lugar aparentemente pacífico y atento, comienza a descubrir que las supuestas aguas cristalinas lo son sólo superficialmente, ya que al meter la mano más a fondo se descubre la suciedad y la pestilencia que allí domina monárquicamente; la solidaridad y el espíritu comunitario es sólo una fachada para encubrir el espíritu autoritario y dogmático de una decadente y primitiva comunidad puritana. Los habitantes del misterioso pueblo lo miran, le hablan y lo tratan como uno más de sus pobladores, a lo que el contrarresta diciendo que él sólo va de paso y que está allí por motivos de trabajo.


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No tarda mucho en advertir, después de presenciar como una mujer se ofrece voluntariamente a la horca para no alterar y mantener intacto el número de la población de 436, un número sagrado, que se encuentra completamente enjaulado y vigilado por los maniáticos y psicopatas que viven en dicho pueblecito consumido en su totalidad por el fervor religioso y las tradiciones puritanas del que nadie, por osado y versado que haya sido en su intento por huir, ha podido escapar con vida jamás. Y es que esta población de Rockwell Falls está completamente persuadida de que si el número de sus ciudadanos no coinciden con el 436, Dios les mandará sendos castigos. Asimismo, creen dogmáticamente de que Dios, ese ser perfecto y atiborrado de bondad, asesinará a cualquiera que ose escapar. Sin embargo, esto, la posibilidad latente de que alguna vez pueden ser elegidos para ofrendar su vida con el fin de mantener la armonía comunitaria, en vez de generar terror entre los pobladores, es considerado como un honor, casi todos los habitantes están dispuestos a a aceptar felizmente, si ocurre que salen elegidos para ofrendar su vida, su tiempo de morir.

Cómo él, dominado por un terror y una repugnancia naturales, se puso frenético al observar aquella muerte y celebración absurdas, lo detuvieron y lo llevaron al doctor por manifestar los signos comunes de la fiebre.


En ese pueblo sólo se puede vivir siendo feliz, el que no lo sea tendrá una vida de sufrimiento indecible. Todo el que quiere irse de ese pueblo, o está inconforme con las mieles de ese paraíso, padece de la fiebre y por lo tanto es torturado por el pseudo doctor del pueblo para que vuelva a la normalidad. Gracias a que él fingió haber superado la fiebre, se libró de ser lobotomizado por el Dr. Greaver (David Fox). Ese no fue el caso de su novia Courtney Lovett. Ante esta terrible situación tiene dos opciones: por un lado, se resigna a vivir allí en ese pueblo constituido de gente maniática y desbordadamente patológica o, por el otro, intenta escapar con la única niña, Amanda Jacobs(Reva Timbers), que tiene la fiebre o síntomas de ella, sabiendo que pondrá en riesgo su propia vida y la de la menor. En corto: si uno presta atención, las dos escenas iniciales resumen toda la película.


Análisis de la película

Realidad y apariencia


Desde el primer momento en la película nos plantea un problema auténticamente filosófico: el de la realidad y la apariencia. Por lo general, la idea que se tiene de algo o de alguien no es siempre acorde con la realidad. Lo mismo ocurre con este pueblo, a primera vista cualquiera podría juzgar y suponer de forma apriorística qué es un lugar pacífico e ideal para convivir en armonía con la naturaleza y con el otro sin ningún tipo de sobresaltos, pero si se avanza más allá de la mera corteza para situarse hasta el mismo núcleo pronto se advierte con relativa facilidad que en vez de ser un lugar paradisíaco e idílico en realidad es un territorio a la medida del horror, una campiña fructífera para las patologías. 


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Lo que asusta enormemente a nuestro protagonista no es tanto la indiferencia de los pobladores de Rockwell sino su excesiva cordialidad, gentileza y excesiva atención. Es demasiado artificial para ser cierto. No es que sus pobladores estén interesados en cuidar y proteger a sus vecinos , lo que intentan es estar alerta para ver quién sufre de la fiebre y reportar; no están al pendiente de los demás: los vigilan, están dispuestos enceguecidos por sus dogmas a vigilar y castigar a los que no participen de su delirio colectivo. De lo ya dicho se puede concluir con lo siguiente: Rockwell Falls, el microcosmos de la película, no es un lugar propicio para la bondad sino un suelo abonado para la crueldad, no es un lugar tolerante, sino intolerante. La apariencia, que casi siempre se presenta como la última realidad, se desvanece ante la realidad como el hielo expuesto al calor; su supuesto espíritu comunitario no es más que una sutil manera de encubrir su incapacidad de aceptar la diferencia, el no ser, lo no idéntico, la otredad, lo no yo; en realidad lo que ellos quieren, apelando a la comunidad, es desaparecer el principio de contradicción para establecer el principio de identidad. Este pueblo es el claro ejemplo de lo que ocurre en los lugares dominados por la religión. Una sociedad sin estado termina siendo un Rockwell Falls.


Religión


La religión es la primera forma de idealismo. La religión, por su empecinado ataque a la realidad, es la esencia misma del idealismo. El filósofo idealista es el que no ha sido capaz de salir de las faldas, aún chorreantes de sangre y de impureza descomunal, de la religión. Los filósofos idealistas se caracterizan por ser abiertos enemigos de la realidad, por ser incompatibles con ella; por ser intolerantes con ella.


Una de las cosas que caracteriza a la sociedad o grupos socialmente atrasados es la incapacidad de diferenciar y distinguir práctica y teóricamente los distintos campos que constituyen la realidad del mundo. Por ejemplo, este pequeño pueblo está abajo el dominio repugnante de la religión protestante y allí en efecto no hay distinción entre educación, salud, política y economía. El pueblo es un batiburrillo de cosas, un caldo de cultivo para las patologías. Por eso no es de extrañar que los pueblos atrasados sean excesivamente religiosos.


En esta película hay una crítica muy dura a la religión. Sus dogmas gratuitos e infundados casi siempre causan más mal que bien. Su población está completamente alejada de la realidad, han perdido el contacto con aquella. Lo curioso es que a pesar del adoctrinamiento y lavado de cerebro sistemático llevado acabo por las autoridades del pueblo, aún existe la negatividad, la contradicción. Los conservadores jamás, por más que así lo deseen, podrán superar completamente la contradicción, su más dorada ambición, por más identidad que se alcance siempre coexiste con ella la diferencia, que es la negatividad.


Una de las pruebas más patentes de que éste pueblo no ha sido conquistado espiritualmente en su totalidad por el espíritu conservador que sólo asimila lo igual: es el fenómeno de la fiebre. Lo que se busca es la identidad, que desaparezca la contradicción; sin embargo esa es una empresa imposible de materializar. Por más abarcador y profundo que sea el delirio colectivo, siempre habrá una negatividad entre las masas de fanáticos. Lo mismo ocurre en este pueblo, existen personas que no se sienten felices en ese estado de cosas y quieren abandonar ese lugar inclusive poniendo en riesgo su vida.


La fiebre


La fiebre no es algo muy concreto. Pero podría decir que consiste en no estar completamente feliz en dicho territorio. Éstas son las señales de los que tienen la fiebre: quieren huir del lugar, su mirada no es como la de los demás, presentan desesperación, están infelices y no secundan la idea de qué ese pueblo sea el más bello y hermoso de la tierra. En palabras fáciles: son la negatividad de la positividad que allí domina, el cabello oscuro y graso en la sopa; son, en definitiva, la negatividad de ese estado de cosas. Encarnan lo opuesto, lo repugnante, lo que contradice la normalidad ideal. Es preciso tener esto en mente:detrás de toda supuesta normalidad se esconde una locura espantosa.


La verdad no reside en la positividad sólo, sino también en la negatividad. La verdad de una sociedad está en su no ser: en su decadencia, fealdad, aberración; en lo que rompe el horizonte cotidiano de interpretación. Allí donde nadie ve, debido al fetichismo que lo impide, hay densidad ontológica. Conviene señalar asimismo que en lo no cuerdo, en la locura, hay verdad. No toda locura en una cordura colectiva es una prueba irrefutable de locura superlativa. Comúnmente la normalidad se contrapone a la anormalidad, pero analizado en un plano mas profundo tal contraposición no es tan obvia.


Ante este orden fetichista, que es el que se impone en nuestros días, en el que el dinero y el poder ocupan el primer lugar y la centralidad en la vida, es menester declararse contrario a tal locura; hay que declarar y dar signos que se sufre de la fiebre. La enfermedad es en este sitio fetichista la verdad. En este mundo repleto de positividad de gente sana y emprendedora, prefiero ser visto como el que sufre la fiebre de Rockwell Falls.


Es necesario recalcar que está película nos hace pensar sobre el intrincado fenómeno de la locura. Es difícil determinar con absoluta precisión quién está loco o no. La razón no es, como se sabe por la experiencia, usada para realizar el bien sólo; es arma de doble filo en personas sin escrúpulos. Por lo general se considera loco a una persona que se le ha apagado la luz —debido a causas naturales o causada por algún desafortunado accidente— de la razón; alguien que vive en las tinieblas de la sinrazón. Pero a menudo suele también ocurrir que son los sujetos más “locos” los que mejor saben usar la razón para infligir en los otros toda suerte de sufrimientos inimaginables. Poe nos recuerda en “EL CORAZÓN DELATOR” y “El Gato Negro” que los locos también la pueden usar para dotar de materialidad sus más oscas intenciones.


Freud enseñó que la religión es una suerte de delirio colectivo; es una especie de histeria que casi raya con la locura definitiva. La locura se puede experimentar individual como colectivamente. El nazismo fue una locura colectiva. Es evidente que un pueblo abandonado a su suerte por El Estado, es presa fácil de la religión y sus dogmas. Rockwell Falls es la prueba de ello. Es imperativo reafirmar con toda propiedad, que dondequiera que dominó la religión cristiana, en especial en su forma protestante, reinó el terror. El arte sufrió un ataque mortal en manos del puritanismo, una de las caras más horrendas del protestantismo.


El que se escapa de Rockwell Falls deja de existir como objeto y se constituye en sujeto. Como es obvio, un sujeto ya no figura más en su mundo ni en su mapa existencial. Dado que los habitantes de Rockwell Falls sólo son capaces de asimilar lo idéntico, lo que no pone en crisis la identidad, jamás podrían tener una noción cercana de lo que significa en puridad el mundo externo, el del otro. Como no son capaces de concebir la idea de que fuera de ese lugar también se puede vivir, prefieren creer que el que se escapa muere en su intento, y en efecto muere para la esclavitud del dogma y vive para la libertad del sujeto. Su horizonte de interpretación es tan limitado, como el del nacionalismo, que la vida fuera de su geografía es considerada como no-vida, en fin, como muerte.


Steve Kady no murió


En realidad, visto esto desde una perspectiva más amplia y profunda, Steve Kady no muere, muere para ellos, para su escueto mundo. Éstos sujetos sujetados son enemigos de la libertad y por ello una vida en plena libertad representa la muerte; él logra su libertad, y los hombres y mujeres libres son inmortales. El dogmático cuando ya no logra ni por las buenas o las malas imponer sus credos, se inventa un final feliz: Platón. Steve Kady no puede morir, es imposible, pues quedarse en dicho pueblo es estar ya muerto. No son los que se van los que mueren sino los que se quedan. Quién aniquila su espíritu con el dogma y la religión, ésta muerto; es un ser de lo óntico. El que se niega a salir de dicha geografía, esta muerto en vida. Lo que ellos llaman muerte, y a lo que más le temen, no es más que a la libertad, pero como su ignorancia es superlativa no encuentran otra palabra para denominarla. Son ellos los cuerpos sin espíritu, los que aceptan esa comunidad aberrante, los hombres y mujeres con ganas de vivir conscientemente abandonan ese valle de muerte.



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Los residentes de esa localidad ficticia en mención son un atajo de cobardes. Si fueran lo suficientemente valientes no se dejarían dominar por los mitos y la supersticiones religiosas.Las cadenas muchas veces que tienen cautivo al ser humano son mucho más endebles de lo que aparentan en realidad. Son los mitos oficialistas los que las hacen ver invencibles e insuperables. Pero nuestro protagonista demostró que los mitos pueden ser derrotados y qué es preciso hacerlo si se quiere vivir en libertad.


Es cierto que las notas constitutivas de este pueblo son el terror, la crueldad, el miedo, la muerte y la más profunda superstición. Pero a pesar de qué esas sean las notas dominantes en dicho espacio y tiempo imaginarios, queda cierto espacio para el amor, lo bello, la lealtad, y la libertad; el poco bien que allí coexiste con el mal se manifiesta como la hierba que aparece entre las rendijas de las calles asfaltadas.