sábado, 10 de abril de 2021

El único filósofo importante y relevante de hoy y de siempre

El único filósofo importante y relevante
Un filósofo es relevante si duda


Ya era hora. La taza de café negro y sin azúcar no falló y, justo a tiempo, me hizo efecto. Empecemos. El tema que quiero abordar aquí se puede formular de la siguiente manera: ¿Es posible determinar, con base a ciertos criterios, si un filósofo es lo suficientemente relevante o no? provisoriamente pienso que sí, tratemos pues de responder a nuestra pregunta inicial. 


No pretendo que el amable lector suscriba con todo lo que digo o que se sienta obligado hacerlo. Solo quiero expresar un pensamiento juguetón e indomable que, desde hace ya algún tiempo, deambula, desesperado por querer ser expulsado como la semilla de un santo, por las nebulosas más recónditas de mi conciencia. Pues bien, a mi juicio, para poner esto lo más fácil posible, un filósofo es relevante si duda, si se despoja de los dogmas infundados y se convierte en un martillo fulminante para los fetiches, si hace oír su voz rompiendo el silencio impuesto, si se resiste noblemente a la alienación externa o interna, si no acepta ser sujeto-objeto o un ser para el otro.


El único filósofo importante y relevante víctor salmerón


Duda


La antítesis propiamente hablando de la filosofía, —de ese mundo tan gélido, problemático y bello al mismo tiempo—, es la creencia, enemiga de toda curiosidad intelectual y burda en grado sumo, o en palabras más técnicas: el dogma. Es su enemigo número uno y contra él se debe poner los guantes no solo para intimidarlo  sino más bien para tumbarlo como a las murallas de Jericó, lo más pronto posible, antes de que aquel, con su seductora y milenaria decadencia, lo noquee. 


La duda, esa virtud invalorable que sólo los hombres adultos que ya se han liberado de la psicología paternal pueden albergar y alimentar en su consciencia, es la auténtica virtud del filósofo. Esa espada de doble filo, que separa la carne del pellejo, es la que nos pone en un lugar más apropiado para el desarrollo pleno del cuerpo y del espíritu.  


La creencia dogmática, aunque en general se presenta como la verdadera y única fuente para nutrir y avivar el espíritu, es un elixir mortal para aquel, quien lo beba —un número increíble de seres humanos lo ha venido ingiriendo desde hace siglos— y no se desintoxique mediante altas dosis de razón morirá espiritualmente, como lo está haciendo colectivamente la mayoría de sujetos que constituyen la humanidad. El dogma en cualquier forma que se despliegue es pernicioso y jamás, aunque los decadentes y envenenados intelectuales lo quieran así, podrá ser conciliado y armonizado con el espíritu genuinamente filosófico, por eso vale tan poco la escolástica. 



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A mi modo de ver, el dogma religioso, un contrasentido insuperable, es una violencia de carácter negativa y es por ello digna de ser refutada, ya que todo lo que no alimenta el espíritu del ser humano debería, por caridad, ser fustigado sin misericordia alguna. La razón de que sea negativa es porque perdieron el poder que gozaban hace ya unos cuantos siglos, si pudieran aplicar la positiva creo que lo harían gustosamente, la impiedad ha crecido demasiado. 


No es dogmático


A la base de todo defecto intelectual está siempre el dogma. Del dogma, de ese ataque sistemático al intelecto y a la razón, se deriva todo defecto intelectual. Si estos abundan en los hombres y mujeres como las arenas del mar, aquello no surge de la nada, no es gratuito, obedece a algo de naturaleza más o menos determinable, tiene su causa y es, les agrade o no a sus apologistas y sacristanes, en el dogma, esa fatalidad de siglos. El filósofo que duda racionalmente es, por definición, la antítesis de la idolatría


No es fetichista


El fetichismo, por ejemplo, que es un defecto de naturaleza cognitiva, es el resultado de aquel. La máxima antítesis por excelencia de la filosofía y la ciencia en general no es, como se supone ordinariamente, la ignorancia, para aquella existe una posibilidad de ser curada: un educador competente con una metodología creativa puede ser la solución, más para el dogmático aquello es algo casi imposible, pues la seguridad de su saber, limitado como él, es lo que lo convierte en un ser tan decadente. 


El fetichista absolutiza el momento positivo de una realidad cualquiera y olvida su negatividad, absoluto a ya sea las determinaciones concretas de una realidad o las formales sin preguntarse por su relación causal. Para estos individuos, cualquier fenómeno de la naturaleza que sea se les presenta como un absoluto, no ven  relaciones, ven absolutos. Ven  las cosas como desconectadas entre sí.

 


No se aliena



El filósofo que, habiendo estudiado, conversado, debatido e incluso peleado con su maestro, no es capaz de ir más allá de él, queda alienado y por ello se convierte en un filósofo acrítico, ya no es relevante. Un ejemplo de buen estudiante es Aristóteles, quien a pesar de la enorme influencia que tuvo en él Platón no suscribió con todas sus tesis, cuando se vio lo suficientemente capaz de refutarlo seria y rigurosamente, no puso, como lo hacen los aduladores y falsos discípulos, licencia de ninguna índole a su pluma privilegiada  para rebatirle. 



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Toda proposición filosófica, por muy bien material y formalmente que esté planteada y formulada, puede, después de haber sido estudiada sesuda y concienzudamente, ser refutada o criticada. Pues el que no es capaz de ir más allá de su maestro, por no ofender o por cobardía a quedar en ridículo y expuesto al escarnio público, no sólo le hace mal al profesor sino a sí mismo.    


Habla (desde sí)


Quien, después de haberse introducido y sumergido en las profundidades de una buena lectura filosófica de algún determinado autor, no es capaz de externar su voz interior, su genuina voz, se perdió en el río u océano de ideas del filósofo y, por lo mismo, aquel se instalará, no como inmigrante sino con derecho de ciudadanía, necesariamente en las más recónditas regiones de su consciencia, y el lector acrítico supondrá que es él el que habla, pero no. Cuando él hable, por más que diga que es su voz interior la que rompe el espacio y el tiempo, será la voz del espíritu más fuerte que se instaló previamente en su subjetividad la que hablará.


 Un filósofo alienado, no es que sea inútil en su totalidad, pero no sirve y no es propiamente hablando un filósofo sino una sucursal barata, de tercera. Pierde su voz, la interior y se convierte en un repetidor en un instrumento del otro.



No es sujeto-objeto



Un objeto, por más bellamente tallado que esté, no puede hablar. Y el filósofo que se aliena a partir de una lectura o postura filosófica, se convierte en un receptáculo o, dicho de otra manera, en una simple matriz, donde la semilla activa del otro irá cobrando cuerpo y forma sin que él lo atisbe siquiera. Un filósofo de tal talante, por grande que sea su influencia, carece de importancia intrínseca, no sirve. 


El verdadero filósofo es el que, después de que las ideas que se le han ofrecido y las ha sometido a un meticuloso y riguroso control de calidad, las adopta pero con un espíritu crítico y para nada adulador; si eso ocurre, es capaz de expresar los contenidos que ha recibido,  pero ya desde su propio horizonte de interpretación. 


Todo aquel lector que acepte, sin objeción de ninguna  clase e íntegramente un cuerpo de proposiciones filosóficas, es, por el hecho de pensar que ya todo está dicho, un dogmático y por lo tanto irrelevante para este mundo compuesto por hombres de valor, capaces de soportar las verdades más amargas de su naturaleza. A los marxistas les digo: sean marxistas, refuten a Marx. 


Todo sujeto-objeto por ser una simple vasija, en el que se deposita toda suerte de verdades ajenas a veces a su ideario vital, se convierte en objeto, y los objetos no tienen espíritu, no son libres, son materia y energía simples. 



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Así como el agua y el aceite no pueden ser mezclados, por más que se quiera así, del mismo modo el filósofo y el dogmático no pueden coincidir ni llegar a ningún lado. No pueden mezclarse, son naturalezas distintas, antitéticas. Uno cree ciegamente en sus dogmas, el otro duda y pone en crisis la seguridad infundada.