La idea moderna de que todos somos iguales y libres por naturaleza es una ficción moral, no un hecho vital como pretenden muchos hacernos creer. Nietzsche comprendió que la libertad no es algo con lo que se nace, por el contrario es algo que se conquista, y solo algunos están en condiciones de hacerlo.
Los individuos no parten del mismo punto ni poseen la misma fuerza, disciplina o capacidad de afirmarse; por eso, hablar de un grado de libertad idéntico para todos es una ilusión que ignora las diferencias reales entre los tipos humanos.
La igualdad y la libertad universales funcionan, más bien, como ideales políticos de la moral de rebaño; son meros conceptos que tranquilizan la psique plebeya, pero que encubren la desigualdad efectiva de voluntades, energías y posibilidades.
Uno es libre en la medida en que puede darse forma a sí mismo, imponerse una dirección y asumir el peso de sus actos. La libertad, entendida así, no es un derecho garantizado, en cambio, una tarea exigente que pocos están dispuestos, o capacitados, para sostener.
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